lunes, 30 de marzo de 2015

Anibal Barca

   Sentado en el suelo a la par de mis frazadas, espero con falsa calma que llegue la noche. La ansiedad hierve la sangre de mis venas, pero es su imagen, aun tan reciente, la que controla esa furia en mi. Su imagen y el recuerdo de su voz, esa voz tan firme y segura, esa voz que no espera y no entiende de negativas, esa voz que jamás se equivoca. Cuando el Gran General se acerca y te dirige la palabra, se siente uno sumamente insignificante y sus frases toman la forma de un mandato divino. En este momento no hay Dios o demonio pero pueda apartarme de mi misión, la misión que él en persona me encomendó.
    Solo espero la noche y cada segundo que falta es una aguja clavada en mi columna. Ansío demostrarle que mi vida está a su disposición; pero no, no es mi vida lo que me pidió, justamente me dijo que no quiere héroes, no necesita héroes, necesita resultados, necesita un espía, y me eligió a mi pues mi reputación me precede, eso me dijo; que le habían dicho que yo soy el mas capaz de los exploradores, que a mis pasos no lo advierten ni los pájaros y que de noche tengo la vista de un león, no su fuerza ni bravura, solo su vista y su capacidad de acecho.
    Me inflé de orgullo un segundo al escucharlo referirse asi de mí, pero al mirar sus ojos fríos y duros, me agaché sumiso sabiendo que no admiraba, solo repetía, y que sus ordenes y planes eran mas poderosos e importantes que un simple explorador, pero me dejó grabada a fuego la convicción de demostrarle que no mentían, que su elección es la correcta, que soy el engranaje perfecto en la maquinaria de su guerra.
    Luego de confiarme en secreto, solo frente a principales militares, la misión que debía cumplir y de marcarme el plazo en el que debía conseguirlo, con firmeza, dio media vuelta y se marchó, seguido de aquellos temibles y aguerridos guerreros que no son mas que anillos en sus dedos.

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