lunes, 30 de marzo de 2015

Cuadro

    La silueta se destaca entre la bruma, sentada en un pilote del puente, inmóvil.
    Las aguas corren silenciosas por debajo, no espantan al silencio, empatizan con la escena.
    La silueta fuma la lumbre, el humo se confunde con la bruma, la ceniza no cae del cigarrillo, la mirada no buscaba el horizonte, la mirada apunta al cigarrillo pero mira hacia adentro.
    Los ojos brillan, negros y profundos como las aguas del río, pero el negro, profundo, no es de ellos es del alma.
    En los dedos de la mano está el faso, con su lumbre, su ceniza y su bruma, cautivando la mirada.
    Pero no son los ojos los que miran, es el alma, no es el faso lo que mira, es la mano, y no es la mano a la que mira es la ausencia que no llena ese cigarro.
    Y solo el alma sabe que en la noche entre la bruma en el puente sobre el río hay una silueta, cuando deberían ser dos.
    Y es el alma contemplando esa ausencia la que detiene el tiempo.
    Y es por eso tal vez que el agua silencia su murmullo, quizás simplemente esté estática como la ceniza en la punta del cigarro.
    Y tal vez toda la escena azul y plata sea un cuadro, azul la noche, plata la luna, negro el rio y negros los ojos.
    De repente una lágrima que cae de la nada hacia la mano, la ceniza se cansa y se desploma y el río continua su camino. Y el tiempo vuelve a correr en el cuadro, no en el hombre.

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