Hoy me desperté temprano, todos dormían y salí a recorrer el vecindario,
a controlar que todo esté en su sitio y la vida fluya con total
normalidad.
Soy el guardián de la cuadra, nadie se mete conmigo, tengo mi sector bien demarcado y soy riguroso con mis rutinas y mis recorridos. Los demás me ven pasar desde sus casas, algunos me saludan amistosamente otros no, pero en la calle todos me respetan.
Dentro de las casas es otra cosa, cada uno cuida la suya y eso se respeta. Por mas enemistad que tuviera con algún vecino jamás invadiría propiedad privada, eso está prohibido, todos lo saben. Los problemas se arreglan en la calle o quedamos solo con insultos y promesas de palizas a la distancia. Cada uno es rey en su castillo.
Pero también están los otros, los indeseables, los innombrables, esos que nunca respetan la propiedad privada ni las normas establecidas y que recorren los techos por las noches, sigilosamente y a escondidas y que entran a las casas sin importarles nada y son capaces de cualquier cosa cuando nadie los ve.
El odio y desprecio que siento hacia esos inadaptados es visceral, a ese clan nefasto se la tengo jurada, a cada uno de ellos, y si los veo los persigo y si los alcanzo los mato, sin compasión, sin miramientos, sin remordimiento.
Y no soy solo yo, es el sentimiento de toda mi raza, nuestra animadversión es legendaria y eterna.
Y hoy recorro el barrio con mayor atención porque anoche dormí intranquilo y con sobresaltos y me desperté más temprano que de costumbre y ansioso. La causa, una palabra escuchada en la conversación de mi amo con un vecino, ese vocablo nefasto con el que nombran a esa raza maldita. Gato.
He merodeado esta casa desde que me levanté. Primero mirando de reojo, distraídamente como al pasar como cualquier otro rutinario día, simulando cada tanto que escucho el llamado de mi amo, girando el cuello y levantando las orejas y en el movimiento revisando rápidamente los techos de la casa, buscando al enemigo, buscándolo al él, pero sin suerte.
Quizás se encuentre inmóvil, agazapado, estudiándome, estudiando mis movimientos, controlando mis recorridos y mis rutinas para poder obrar maliciosamente y sin riesgos.
Siento un ruido proveniente de mi casa, es media mañana y comienzo a sentir hambre, mi amo el Sr. Pávlov ya debe haberse levantado, suele levantarse temprano para aprovechar el día. Siento la boca pastosa a medida que me acerco a casa. Otra vez el ruido, la campana.
Estoy en la sala, mi amo me acaricia el pescuezo tiernamente, es un buen amo, me cuida bien.
Me siento lleno aunque no recuerdo haber comido, últimamente me sucede a menudo pero ya me cansé de darle vueltas al asunto, ya no soy joven, quizás son cosas de la edad.
Mi señora entra a la sala, ya se lo que sigue, ella no es como mi amo, no me quiere dentro de la casa. Cuando ella no está mi amo me deja entrar, él me quiere más.
Estoy en el patio, otra vez afuera, volviendo a la rutinaria vigilancia, pero esta vez no me voy a andar con vueltas, voy directamente a la casa del vecino, a hacerme notar, a que me vea y sepa que ya sé de él, que lo vigilo, que tiene que temerme.
Mi olfato está muy entrenado pero hace rato que husmeo los alrededores, el frente de la casa, las plantas y los canteros, el caminito y la medianera y no logro discernir su olor.
Hay un olor nuevo característico, lo percibo y lo distingo entre los demás olores pero a la vez no existe.
Es frustante y no lo entiendo, el olor está y sé que es de él, pero al mismo tiempo no existe tal olor.
Algo está mal, algo inexplicable rodea al gato del Sr. Rhödinger, pero no me voy a dar por vencido, lo voy a encontrar.
Otra vez el ruido, pierdo concentración y precisión en mi olfato, mi boca está pastosa, suena una campana.
Soy el guardián de la cuadra, nadie se mete conmigo, tengo mi sector bien demarcado y soy riguroso con mis rutinas y mis recorridos. Los demás me ven pasar desde sus casas, algunos me saludan amistosamente otros no, pero en la calle todos me respetan.
Dentro de las casas es otra cosa, cada uno cuida la suya y eso se respeta. Por mas enemistad que tuviera con algún vecino jamás invadiría propiedad privada, eso está prohibido, todos lo saben. Los problemas se arreglan en la calle o quedamos solo con insultos y promesas de palizas a la distancia. Cada uno es rey en su castillo.
Pero también están los otros, los indeseables, los innombrables, esos que nunca respetan la propiedad privada ni las normas establecidas y que recorren los techos por las noches, sigilosamente y a escondidas y que entran a las casas sin importarles nada y son capaces de cualquier cosa cuando nadie los ve.
El odio y desprecio que siento hacia esos inadaptados es visceral, a ese clan nefasto se la tengo jurada, a cada uno de ellos, y si los veo los persigo y si los alcanzo los mato, sin compasión, sin miramientos, sin remordimiento.
Y no soy solo yo, es el sentimiento de toda mi raza, nuestra animadversión es legendaria y eterna.
Y hoy recorro el barrio con mayor atención porque anoche dormí intranquilo y con sobresaltos y me desperté más temprano que de costumbre y ansioso. La causa, una palabra escuchada en la conversación de mi amo con un vecino, ese vocablo nefasto con el que nombran a esa raza maldita. Gato.
He merodeado esta casa desde que me levanté. Primero mirando de reojo, distraídamente como al pasar como cualquier otro rutinario día, simulando cada tanto que escucho el llamado de mi amo, girando el cuello y levantando las orejas y en el movimiento revisando rápidamente los techos de la casa, buscando al enemigo, buscándolo al él, pero sin suerte.
Quizás se encuentre inmóvil, agazapado, estudiándome, estudiando mis movimientos, controlando mis recorridos y mis rutinas para poder obrar maliciosamente y sin riesgos.
Siento un ruido proveniente de mi casa, es media mañana y comienzo a sentir hambre, mi amo el Sr. Pávlov ya debe haberse levantado, suele levantarse temprano para aprovechar el día. Siento la boca pastosa a medida que me acerco a casa. Otra vez el ruido, la campana.
Estoy en la sala, mi amo me acaricia el pescuezo tiernamente, es un buen amo, me cuida bien.
Me siento lleno aunque no recuerdo haber comido, últimamente me sucede a menudo pero ya me cansé de darle vueltas al asunto, ya no soy joven, quizás son cosas de la edad.
Mi señora entra a la sala, ya se lo que sigue, ella no es como mi amo, no me quiere dentro de la casa. Cuando ella no está mi amo me deja entrar, él me quiere más.
Estoy en el patio, otra vez afuera, volviendo a la rutinaria vigilancia, pero esta vez no me voy a andar con vueltas, voy directamente a la casa del vecino, a hacerme notar, a que me vea y sepa que ya sé de él, que lo vigilo, que tiene que temerme.
Mi olfato está muy entrenado pero hace rato que husmeo los alrededores, el frente de la casa, las plantas y los canteros, el caminito y la medianera y no logro discernir su olor.
Hay un olor nuevo característico, lo percibo y lo distingo entre los demás olores pero a la vez no existe.
Es frustante y no lo entiendo, el olor está y sé que es de él, pero al mismo tiempo no existe tal olor.
Algo está mal, algo inexplicable rodea al gato del Sr. Rhödinger, pero no me voy a dar por vencido, lo voy a encontrar.
Otra vez el ruido, pierdo concentración y precisión en mi olfato, mi boca está pastosa, suena una campana.
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